¡Sí, ya sé!…

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#MostroVacci

Las personas al parecer ya tenemos todo el conocimiento del mundo. Resulta que nacemos con un gran conocimiento, quizá de vidas anteriores que hace que nuestra sabiduría sea impresionante. Claro que la nuestra es más grande que la de los demás, por lo tanto, es inconcebible que quieran darnos algún consejo que nos sea útil para nuestra existencia tan poderosa, ¿cómo un simple mortal se atreve a sugerirle algo a alguien de nuestro nivel?…

Al parecer nuestra experiencia en el presente no tiene límites porque al ya lo hemos vivido todo, por lo tanto, no hay nada nuevo qué aprender. Ha de ser maravilloso tener toda esa sabiduría. Resulta que a los diecinueve años, ya sabemos todo, por lo tanto, podemos regirnos bajo nuestras propias reglas. Luego llevan los veintinueve y descubrimos que hace diez años éramos tan tontos e ignorantes que no podemos evitar reírnos de nuestra propia ingenuidad. Pero, ¡oh sorpresa!, luego llegan los treinta y nueve y de nuevo se topa uno con que antes, uno estaba igual de menso una década atrás. Digo, aún no llego a los cuarenta y nueve, pero creo que ya tengo una idea de lo que pensaré entonces de mis conocimientos del mundo (aunque creo que caigo en la misma paradoja que la que estoy comentando).

Los adolescentes son especialmente conocedores. Su frase favorita es: ¡Sí, ya sé! Parece que les pagan por repetirlo. Honestamente, creo que si les pagaran un peso por cada vez que lo dicen, a mi edad, muchos seríamos millonarios. Todo lo saben, todo lo tienen descifrado. Claro, no tiene nada que ver la edad con la sabiduría, hay gente que tiene mucha experiencia de vida a pesar de su juventud, especialmente aquellos que han tenido que sobrevivir grandes adversidades, pero trabajando con gente joven, les puedo decir que en la mayoría de los casos, no hay palabras ni consejos que vengan de mi boca que tengan utilidad alguna para alguien en pleno desarrollo.

Lo chistoso es que me topo con esa actitud constantemente, y con gente de todas las edades. “Sí, ya sé” es una cantaleta que escucho constantemente en mi consultorio. Y platicando con los médicos, veo que también ellos lo oyen. Cada consejo o recomendación que le dan a un paciente tiene la misma respuesta. Claro, hay médicos que son unos patanes y te hacen sentir como un imbécil, pero también los hay esos que son muy humanos y que solo tratan de ayudarte, lo cual tu disposición no ayuda gran cosa. Digo, en mi caso, cobro bastante a una persona para que me digan constantemente que ya saben lo que deben hacer, lo que deben sentir. Bueno, al parecer no saben tanto si están frente a mí buscando alguna orientación.

Quizá en nuestra propia arrogancia, no nos permitimos admitir que estamos perdidos. A veces nos cuesta tanto trabajo pedir ayuda porque tendremos que admitir que necesitamos apoyo, lo cual muchos vemos como debilidad, ¡Que el Señor nos ampare si somos vulnerables porque capaz que el mundo hace implosión! En lo personal, no tengo vergüenza, mi mantra personal “prefiero verme ignorante que quedarme ignorante” no me permite quedarme con la duda y me importa poco que me crean estúpido por preguntar varias veces. He visto que la gente se exaspera cuando pregunto varias veces lo mismo, pero si no pregunto, nunca aprenderé lo que necesito, entonces va a estar peor la cosa, por lo tanto, no le tomo importancia a sus caras de molestia y vuelvo a preguntar. Me pasa mucho cuando la gente habla muy bajo o volteando hacia otro lado, les pido que lo repitan hasta que les entiendo, la mayoría de las vences me dicen “ya nada”, y se enojan, pero al final de cuentas es su mensaje el que se está perdiendo. Como dice el maricón: “ay tú”.

Si todos sabemos qué hacer y hacia dónde dirigirnos, ¿entonces por qué estamos tan perdidos, por qué las cosas no avanzan de forma más fluida? Es bastante claro que saber lo que uno tiene qué hacer y de hecho hacerlo son dos canciones muy diferentes, pero igual no tienen por qué serlo. Sabemos que no debemos tirar la basura en el piso, como cuando nos deshacemos de un cubrebocas y sin embargo, por donde camino siempre los veo adornando la calle, (al parecer es la nueva moda), sabemos que no debemos poner música tan fuerte que todos los vecinos la escuchen porque muchos trabajan de casa o de noche y necesitan descansar o poder ver la televisión a gusto sin tener que escuchar el relajo del clásico vecino pesado y baboso, y sin embargo, a veces tenemos que mantener las ventanas cerradas en pleno calos para poder continuar con nuestras actividades. Sabemos que robar es malo y nos robamos el cable, la luz, el dinero ajeno y nos justificamos con el hecho de que son empresas grandes y no lo necesitan. Al final de cuentas robar es robar, ¿no?

Es ahí cuando no sabemos nada. Cuando nuestra ignorancia obstruye nuestro pensamiento lógico y nuestra perpetua sabiduría: cuando nos conviene. La congruencia, al parecer, es una cosa utópica e inexistente inventada por autores como Stephen King para enredarnos más intensamente en sus historias y que nos haga creer que hay posibilidades en el mundo.

Seamos honestos, no sabemos todo. Para mí, el mundo es mucho más interesante cuando siempre hay posibilidad de aprender algo nuevo. Cada persona, cada interacción y cada experiencia tiene algo innovador qué aportar a nuestra vida. Definitivamente, así todo me parece mucho más fascinante. Con los años descubrí que cuando ya lo sé todo, el mundo es aburrido. Por eso, prefiero verlo todo como un niño de seis años, todo nuevo, todo con matices diferentes y con melodías desconocidas que hacen que cada capa de la vida sea una aventura completa para explorar.

Cerremos prejuicios y abramos nuestras mentes, quizá descubramos al final de cuentas que hay toda una gama de cosas por descubrir…


Y ustedes hermanos, hermanas, ¿qué saben ya? Compartan… si se atreven…

Saludos afectuosos.

Mostro.

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