La censura de mí mismo

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claricelecter@hotmail.com

#MostroVacci

Soy muy vocal. Me la paso diciendo lo que pienso sin importar lo que la gente crea, sienta o sufra, o al menos es la imagen que muchas personas tienen de mí. 

La mayoría que me conoce de pasada creé que soy un completo insensible, incapaz de filtrar lo que mi cerebro procesa contra lo que sale de mi boca. Que digo todo lo que pasa por mi mente sin medir mis palabras y que si en el proceso hago sentir mal a alguien, que en realidad no me importa.

Para ser honesto, nada de lo que sale de mi boca es por accidente. Toda palabra emitida por mi persona ya pasó una serie de filtros y procesos mentales para poder hacerlos más digeribles para el resto del mundo, ya que mi cerebro funciona a mil por hora y puede ser muy directo y en ocasiones hiriente o negativo. Que muchos no estén preparados para escuchar lo que tengo que decir en realidad no es mi problema.

Lo curioso es que al final de cuentas, muchas de las cosas que pienso o que quiero expresar no las digo. A veces quiero poner un estado en Facebook totalmente deprimente, la letra de una canción súper triste que escuché y me gustó mucho, un sentimiento, una idea o una opinión y me detengo. Lo hago por la clásica razón: tengo miedo.

Me da miedo que lo lea mi familia, que mi madre se asuste, que mis hermanas opinen, que la gente me rechace, muchas cosas. Incluso cuando estaba el movimiento del frente nacional por la familia, decidí por “respeto” no expresar lo que sentía. Hasta que ya no pude más y publiqué un artículo con todo mi veneno guardado. Qué rico fue al final. En mi estado del face puse un comentario de que ni me interesaban sus macuarros hijos y que me llueven los mensajes de mis amigos religiosos y conservadores dándome explicaciones de lo que sienten. En verdad no era necesario porque creo profundamente que ellos tienen derecho a sentir y creer lo que les de la gana sin necesidad de dar explicaciones al respecto, así como yo lo tengo.

Entonces, al censurarme, siento como que una parte de mí se reprime, aunque sea una parte pequeña. No creo que deba hacerlo. Comprendo que debo adaptarme al mundo en el que vivo y que no puedo ir por la vida faltándole al respeto a las personas, sin embargo, la gente siente que debe ser respetada y escuchada, pero no está dispuesta a  dar la misma consideración. No se vale.

Recuerdo que Angel, mi mejor amigo, tenía fotos de hombres en ropa interior en su computadora, cosa que yo no me animo a hacer porque la compu la llevo a la escuela y no quiero que mis chicos vayan a verlo. Cuando hay una conversación sobre parejas o sexualidad en una reunión familiar, yo no puedo expresarme porque luego veo las caras de incomodidad. De cierta manera, a pesar de estar muy fuera del clóset, siempre logro ver las puertas en la periferia de mi vista. No cabe duda que la programación que tengo está profundamente arraigada.

No me tomen a mal, hermanos, hermanas, no me siento reprimido ni oprimido, sólo que de momento puedo sentir el peso de mi situación. Como un homosexual que vive, ama y experimenta abiertamente la vida puedo decir que soy libre, pero no puedo evitar sentirme frustrado en momentos por la censura que le pongo a mi existencia.

Porque esa es la clave: yo me la pongo. Nadie me puede decir dónde están mis límites (aunque muchas personas lo intentan), yo soy quien los marca. Soy yo quien cierra mi boca y que inventa justificaciones para no sentirme traicionado por mí mismo. Quisiera poder abrir la boca y dejar que todo salga como viene de mi cerebro, ser un agente del caos y ver los resultados de mis acciones, aunque creo que el mundo no está preparado para eso.

De hecho, en éste preciso momento me llegó un mensaje de una amiga que me dice que estraña mi sarcasmo. No me considero sarcástico, simplemente digo la verdad en la cara de las personas y ellos lo sienten como sarcasmo. Al parecer, decirle a alguien de frente que no te cae bien es considerado sarcasmo por mucha gente. Yo creo que es honestidad, pero cada quien.

Lo que no puedo evitar preguntarme es ¿qué pasará el día que en realidad diga lo que pienso? ¿Acaso me convertiré en esa persona horrenda e indeseable que siempre me han dicho que soy? Posiblemente. Es a lo que le temo: que tengan razón. Son palabras que nunca se me olvidan. Quizá con el tiempo me anime a hacerlo, aunque de por sí dicen que soy gente de “cuidado”.

A lo mejor hasta practico la hipocresía como tanta gente que conozco y me pongo una máscara de dulzura, a ver a dónde me lleva, ¿qué opinan hermanos, hermanas? Compartan… si se atreven.

Saludos afectuosos.

Mostro.

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